sábado, 13 de febrero de 2010

Paul Virilio: Habitar lo inhabitual

La arquitectura no sólo existe en el punto omega en el que la obra alcanza la perfección, existe bastante antes y subsiste bastante después. Sin remontarnos aquí al origen intelectual del programa o del proyecto, la arquitectura comienza en la demarcación del suelo y en las excavaciones. En seguida, cada Estado a través de lo que avanza la obra constituye una arquitectura momentánea, que produce un efecto particular sobre el medio ambiente (las obras urbanas producen a la vez perturbaciones y espectáculos). En fin, la consumación de los trabajo es una falsa apariencia, porque la edificación no hace otra cosa que proseguir su acción sobre el medio ambiente: si ha sido concebida con un fin funcionalmente definido, se verá transgredida por usos parásitos, e incluso su silueta lucirá transformada por retiros y adjunciones. S degradará y envejecerá, cambiando así de aspectos (internos/externos); después será demolida, y aun en esa situación lo Estados a través de los que avance la demolición constituirán instantáneas de arquitectura hasta el arrasamiento definitivo, son querer dar cuenta aquí de la incidencia de las infraestructuras sobre la naturaleza de los suelos.


Habitar significa en primer lugar investir un lugar, apropiárselo. A las dimensiones puramente métricas de un volumen edificado se adjuntan las dimensiones afectivas que construyen las vivencias de los habitantes: el uso cualifica el espacio y no a la inversa. Sin embargo, en la ética funcionalista de la arquitectura contemporánea, una función dominante tiende a eliminar las otras posible funciones del lugar. Se podría decir que se trata de una función inicialmente orientada a un fin. Entonces, implícitamente, el Estado de un tal espacio resultado suicida, porque al tender a evacuar la diversidad de los posibles, tiende a evacuar la diversidad de las situaciones que caracteriza la duración-extensión de la edificación.

Como los niveles de acostumbramiento constituyen el habitar, el funcionalismo es una tentativa desesperada de la arquitectura para intervenir en un espacio afectivo que no cesa de escapársele. En cierto sentido, la arquitectura funcional resulta inhabitable, porque el sistema de habitualidades del utilizador tiende a ser capitalizado por el realizador. Fatalmente ideológico, el funcionalismo limita la intervención de las formas, las somete a interdictos, a tabúes; la relación de la forma al contenido, del volumen a lo vivido, sólo pueden presentarse bajo la apariencia de una sumisión a un orden, o de un conflicto declarado con éste.


Las investigaciones sobre las formas de vida no pueden pues parecerse a las de los “atributos de confort”, caros a los tecnócratas de la normalización del alojamiento; por el contrario, deben poner el acento sobre la variabilidad de los usos. Incluso si tales investigaciones se revelan útiles, los estudios sobre la percepción sensorial revierten demasiado rápidamente en una tipología de las necesidades, mientras que el estudio sociológico de las habitualidades –técnicas del cuerpo, actitudes posturales, etc.- es algo que permanece abierto. Si se puede afirmar que a través de la herencia cultural el hábitat capitaliza la habitualidad, las transgresiones del uso cumplen la función de analizadores de la institución del hábitat, con los mismos títulos que las desviaciones o las delincuencias en relación con el conjunto de las instituciones sociales.

Paul Virilio, La inseguridad del territorio, pág 148




Les Anti-sites : Archivage d'excroissances urbaines anti-SDF . Archive of anti-SDF urban outgrowths.

domingo, 7 de febrero de 2010

Paul Virilio: La política de la plaza

Las reglas afincadas en la entrada de la plaza marcan las distancias que debemos guardar con respecto al natural, el tipo exacto de intercambios que debemos mantener con éste, los límites del comportamiento que debemos adoptar so pena de represión inmediata por parte de los guardias armados. En este espacio cuadrado, el número de posturas permitidas es tan limitado como las del soldado en maniobras; podemos caminar, sentarnos sobre un banco y hablar, siempre que lo hagamos en voz baja. El tiempo, en la plaza, se mide con la misma medida que su espacio, a través de la apertura y el cierre regular de sus rejas; es que el hombre, la presencia humana, en ningún momento debe convertirse en accidente, correr el riesgo de interrumpir el funcionamiento. Por ello, la organización de la plaza contribuye con la rectitud del comportamiento: el paseante siempre está iluminado y es visible, no encuentra ningún refugio contra la investigación y no puede estar solo en ninguna parte. Contrariamente a lo que sucedía en los antiguos jardines, los espacios verdes son lugares cultivados absolutamente estériles, y los árboles y especies plantadas se eligen en función de su improductividad y de la rapidez de su tasa de crecimiento. Allí también, cualquier productividad alteraría el funcionamiento de la plaza, creando deseos en el paseante, por ejemplo; una perturbación imprevisible, ganas de acostarse en lugar de sentarse, de escamotear, de cosechar… Por las mismas razones, se han tomado medidas radicales en contra de gatos, perros, pájaros: perturbadores del orden y la limpieza. Así, al penetrar en la plaza, aparece la actitud congelada de una humanidad como “azotada” por un comportamiento somático estándar, limitado a un juego de movimientos imperceptibles. Los que están en la plaza se ha convertido insensiblemente en aquellos que la sociedad rechaza hacia el margen, por considerarlos improductivos, inactivos: discapacitados, personas ancianas, niños de poca edad, vagabundos, linyeras…en espera del enorme desecho criminal de la ciudad, que echará a todos los demás, como en el Central Park.

Esta reducción de la naturaleza tiene una función sanitaria y social, y se generalizará aún más gracias a las medidas tomadas a favor de una pretendida defensa del medio ambiente; consecuencia normal de la política de acondicionamiento del territorio que desemboca, inversamente, en un control permanente de nuestro comportamiento con respecto al medio devenido medida y ley, figura de Estado. A las luchas en contra del cromen, del incendio, de los cataclismos, etc., se han sumado los combates en contra de la contaminación; para terminar, finalmente, atendiendo a los requerimientos de la política de la plaza, de la ciudad de conjuntos nacionales y continentales.

Lo hemos visto en Lurs, por ejemplo, cuando se sostuvieron los debates para instaurar parques regionales: toda perspectiva positiva y productiva fue automáticamente combatida y apartada a favor de criterios de conservación y de protección de los sitios, sentido “inofensivo” de las actividades humanas en las reservas, en las que se repetirán indefinidamente los mismo gestos, devenidos invariables e invariados… Se mecaniza la “no-evolución antropológica”, paliándose el nacimiento de todo comportamiento original, diferente. Se destierra la presencia animal en mayor escala: prohibidos en las playas, los animales vieron denegado su ingreso en las ciudades escandinavas en 1971, después de haber sido expulsados de los inmuebles, de los restaurantes, de los cafés; el establecimiento de cuarentenas veterinarias permanentes en derredor de las grandes ciudades suecas planteó problemas prácticamente irresolubles a los propietarios de animales (Le monde, 18 de septiembre 1971). En suiza, dos años más tarde, las praderas y los campos, la campiña misma, es prohibida a los perros, acusados por las autoridades de contaminar la leche de las vacas. La señora Solange Marchal, de “Libertad de París”, tomó postura, en la tribuna del Consejo de París, en contra de la posesión de un perro: “Terminaremos por tomar con respecto a ellos las mismas medidas de interdicción de permanencia que han sido adoptadas en Islandia”. S estudian medidas similares en las grandes ciudades norteamericanas. Las reglas que se publicitaban a la entrada de las plazas, ahora se publicitarán en la entrada de las ciudades o en las fronteras de los Estados, substituyendo las morales no deseadas que los hombres encontraban o reencontraban al volver al monte, al bosque, al campo abierto.


La Isla de Levante, desde que sirve de reserva para los hombres naturistas, ha sido pomposamente rebautizada como Heliópolis. Cuando nos acercamos en barco a sus costas, percibimos racimos de cuerpo humanos desnudo y como suspendidos en las rocas entre el mar y los alambrados de los terrenos militares que ocupan el noventa por ciento de la isla… Sobre las playas, los “enclaves” naturistas ahora están protegidos. El naturista no es natural, es higienista. SI los naturistas fundan “clubes gímnicos”, es porque los griegos los admiraban fervorosamente y “porque periódicamente vuelven a sumergir al individuo en un cuadro natural”. La idea de “salud” se repite sin parar, se trata de supercuras en superplazas por oposición a ciudades supercontaminadas y congestionadas y, tanto federaciones como clubes apelan, para la fundación en cada ciudad de “estadios de luz” a los “beneficios higiénicos, sanos e innegables”.

La protección de los campos resulta, pues, rigurosa, la gendarmería controla severamente el movimiento del cuerpo humano, ya que se trata de enclaves reconocidos por el Estado. El regreso a la salud no es el regreso a la naturaleza, y sobre todo no debe ser confundido con el regreso a una animalidad, a un sensus cualquiera. Los naturistas que veían en la “ausencia de uniforme” un obstáculo para la guerra, son a su vez asediados en sus establos por toda una fauna de polis y de CRS “disfrazados de naturistas”, vigilantes de que las actitudes de los cuerpos “permanezcan gímnicas y no hallen ningún signo de lascivia o de sexualidad en las actitudes”.


Paul Virilio, La inseguridad del territorio, pág 127-131

sábado, 16 de enero de 2010

Federico Soriano: Espacio público detenido

¡El espacio público está preso! La noticia corrió por todos los círculos urbanos. Plazas y calles fueron cerradas para impedir las manifestaciones de sorpresa. La indignación todavía no se revelaba porque no se había levantado. ¡El espacio público quedaba cancelado!

Los ciudadanos no sabían adonde ir. Querían salir de sus casas individuales, congregarse, conversar, discutir, votar, enfadarse, amarse pero siempre acababan en un privado. Hasta entonces no repararon que las obras de la ciudad, las obras de embellecimiento, de organización y optimización eran secciones, recortes, eliminaciones de los vacíos, de las entrezonas, de los deslugares del espacio público. Hermosas barandillas, eficientes leyes, calles cubiertas, órdenes unánimes, desapariciones, ocultaciones, habían cercenado la fascinante variedad y posibilidad de ser. Se habían acostumbrado a pagar por usar el espacio urbano. Habían dejado que otros se apropiaran de esas atribuciones. Se habían abandonado.
Una pregunta recorría la ciudad, ¿Cómo era posible haber llegado a este extremo? ¿Y ahora, cuál es lo siguiente? ¿Qué haremos?

Los reservados, clubes, centros comerciales, se llamaron por teléfono. Crecía su preocupación por esta toma de conciencia de una pérdida que ellos ya pensaba que estaba superada. La imaginación estaba enterrada con la arena debajo de los adoquines.

Martí Peran: prácticas y tácticas de sociabilidad

El espacio público sólo puede abordarse desde una perspectiva compleja, donde converjan componentes de orden antropológico, político y urbanístico cuanto menos. El espacio público, en la tradición frakfurtiana, ha de pensarse como el lugar de la opinión pública, de la cultura crítica enfrentada a los discursos hegemónicos y como espacio natural de la comunicación, un conjunto de elementos que, al fin y al cabo, es lo que convierten al mismo espacio público en algo más que una simple demarcación territorial sólo reconocible ahora como “esfera pública”. Sin embargo, nuestro puntual interés nos permite enfocar el tema de un modo mucho más superficial, acentuando la concepción de la calle como el lugar donde el bullicio constante y la movilidad delirante ejemplifican a la perfección la absurda acción sin más fin que su propia consumación. En efecto, el espacio público es uno de los escenarios naturales de lo que llamábamos acción improductiva, energía malgastada o, si se quiere, un movimiento en forma de bucle interminable. No se trata de otra cosa que de esa misma fascinación que primero celebró el parisino flâneur baudeleriano y más tarde Koolhaas rebautizó como delirius neoyorkino.

En algunas de las más recientes investigaciones desarrolladas por la antropología urbana (pueden consultarse, sin ir más lejos, los excelentes trabajo del colega de volumen Manuel Delgado) se ha utilizado una metáfora muy eficaz para dar a entender esta dimensión difusa y débil del espacio público. La imagen es muy sencilla, sólo se trata de acentuar la realidad del espacio público como lugar de paso para construir a partir de ahí una equivalencia con los “ritos de paso” mediante los que, en comunidades determinadas, se escenifica el tránsito entre un estadio y otro distinto. En efecto, lo esencial en el rito de paso reside en su naturaleza intermedia; el rito en cuestión no es ningún estado de cosas sino, escuetamente, un entre-estadios. Así mismo debe pensarse el espacio público, como lugar entre-lugares, como territorio movedizo donde nada ni nadie puede arraigar, donde todo acontece de un modo ocasional, multiplicando roces, conflictos y sin necesidad alguna de soñar el consenso entre tanta heterogeneidad. Esta caracterización del espacio público es precisamente lo que lo convierte en una especie de paraíso ocioso, de espacio ocupado por una acción incesante pero ajena a los imperativos del sistema productivo. Toda la energía que se acumula en el escenario público no funda nada, sólo representa una inmensa coreografía de movimiento, ahora sí, entre lugares distintos, destinos a veces muy precisos, objetivos que se persiguen; pero todo esto sólo alcanza a dibujar los límites del espacio público y no el puro despliegue del acontecimiento que se consuma en su interior. El espacio público, por decirlo así, dispone de un espíritu donjuanesco, es decir, no construye experiencias ni diseña aventuras con la intención iniciática de alcanzar una verdad sino que, de un modo más humano y menos divino, se limita a acumular experiencias que se sustituyen las unas a las otras sin jerarquía alguna. Volvamos a los vaticinios de Baudelaire: la auténtica belleza moderna –aquélla que debía perseguir heroicamente el “pintor de la vida moderna”- consiste en su misma condición de presente, lo cual implica su desplazamiento inmediato por algo nuevo y distinto; de ahí que la moda no sea ningún mal indicativo de lo inestables y débiles que son las hipotéticas nociones de valor capaces de designar lo que discurre por el espacio público.

Después de todo lo expuesto hasta aquí podría pensarse con buen fundamento que somos unos cándidos e insensatos literatos. Toda esta feliz definición del espacio público como pura heterogeneidad y efervescencia, hoy por hoy, apenas si puede sostenerse si no va acompañada de la constatación de que todo este flujo de movimientos dispares no es en verdad tan gratuito como nos prometíamos sino que está absolutamente reglado por el impulso de la compra –en otro lugar lo hemos planteado como “shopping dance”- y por la verdadera interacción contemporánea que no es sino la que se desarrolla como transacción económica. Esto es efectivamente así y precisamente por lo aplastante de esta realidad asistimos, de un tiempo a esta parte, a un evidente despliegue de recursos por parte de la acción cultural contemporánea para responder a esta situación y, en la medida de lo posible, ayudar a paliarla.

Excentrici(u)dades, pág 89

miércoles, 13 de enero de 2010

Mallart I

En aquel tiempo, la calle era un gran espacio en que se cumplía una parte importante de nuestro proceso de socialización. Las emociones, la sexualidad, la solidaridad, los antagonismos, las distinciones sociales, se aprendían en ese territorio que de día era nuestro, y de noche, cuando nuestros mayores salían con las sillas a la calle para conversar y tomar el fresco, nosotros lo aprovechábamos para ir más allá, correr y jugar a tocar y para en medio de una oscuridad rota por la luz de cuatro farolas de gas, como para significar que queríamos conquistar nuevos espacios, alejándonos de aquella sociedad adulta que parecía querer contentarnos: “Niños, ¡no os vayáis demasiado lejos…!” gritaban los padres sin estar seguros de que les haríamos caso.

Con los años, los más menudos perdimos el control de aquel espacio que había sido nuestro. Las aceras fueron embaldosadas y las calles asfaltadas. Progresivamente, los coches lo invadieron todo. El cobertizo de la señora Durán se fue transformando en un garaje. Los adultos se apropiaron del territorio de los niños. La chiquillería fue recluida en casa. Debió ser entonces cuando nacieron aquellas recomendaciones maternas que se han transformado en formulas consagradas: “¡Niño!¡Pasa por la acera…!” “¡Cuidado con los coches…!” La calle había dejado de ser el espacio social de niños y adolescentes. La pared alta y escarpada de la calle Dalmases-Calatrava había sido derrumbada para edificar la Dexeus. Hoy, después de muchos años de silencio y confinamiento, otra generación, nacida quizá en aquella maternidad, parece recordarnos que la calle había sido suya. El ruido de las motocicletas rompiendo la paz y la tranquilidad de los adultos son un signo de ello; las pintadas que en las paredes señalan la conquista de plazas y calles son otro. Uniendo estos dos signos podríamos decir que el ruido de las motocicletas es el “grito” de una reivindicación y que las pintadas de taggers es la “firma”. Quizás no habría hecho falta ir a África. La etnografía de la calle todavía está por hacer.


Lluís Mallart, Sóc fill dels Evuzok, pág 12

martes, 12 de enero de 2010

Berenstein Jacques I

As imagens de marca de cidades distintas (seus cartões postais), com culturas distintas, se parecem cada vez mais entre si. Como já ocorre com os espaços padronizados das cadeias dos grandes hotéis internacionais ou, ainda, dos aeroportos, das redes de fast food, dos shopping centers, dos parques temáticos, dos condomínios fechados e demais espaços privatizados. As intervenções contemporâneas sobre os territórios ditos históricos ou culturais também obedecem a este ritmo de produção, o que cria uma superabundância mundial de cenários e simulacros para turistas (10). Também ocorre hoje um tipo de mimetismo às avessas nos espaços públicos: não é raro encontrarmos recentes projetos ditos de “revitalização” desses espaços, como praças públicas por exemplo, que imitam as ditas “praças” dos shoppings (em particular, os materiais usados, a paginação do piso e o cercamento), exatamente o contrário do ocorrido nas galerias e primeiros centros comerciais que mimetizavam os espaços públicos urbanos, as suas ruas e praças tradicionais. Hoje, paradoxalmente, a referência de espaço público dito “de qualidade” passa a ser um espaço privado, na maior parte das vezes, um espaço interno, cercado e com segurança privada.

As ditas “praças” dos shoppings, além de privadas, são extremamente controladas e policiadas, configurando espaços pacificados, ou seja, espaços assépticos onde os conflitos são devidamente eliminados. Richard Sennett, a partir dos estudos de Michel Foucault, nos mostrou como esses espaços pacificados estão diretamente relacionados com a pacificação de nossos corpos. Para Sennett o espaço pacificado já faz parte de nossos corpos (11). O importante aqui é perceber uma inversão de valores, de como esta pacificação de conflitos dos espaços privados securitários também passou a ser vista como um objetivo na construção das imagens dos novos espaços públicos, pensados como spots publicitários para turistas ou especuladores imobiliários. As imagens dos espaços públicos das cidades, quer seja Barcelona ou Salvador, veiculadas em seus sites oficiais, por exemplo (12), são também elas imagens de espaços pacificados e domesticados. Vários projetos recentes de novos espaços públicos ou de “revitalização”, a maioria com financiamento público, se pautam nesse tipo de imagem urbana.

de Notas sobre Espaço Público e Imagens da Cidade

sábado, 26 de diciembre de 2009

Delgado V

Esta crítica a las intervenciones urbanísticas en el núcleo antigüo de Barcelona tiene que ser matizada, justo para que no se confunda con la defensa romántica y en última instancia reaccionaria de la “esencia perdida” del barrio. La desembocadura inevitable de este tipo de críticas acaba mezclando la perfidia de las autoridades y las empresas inmobiliarias con las consecuencias no menos perversas que se atribuye a la presencia de nuevos vecinos provenientes de la inmigración. No se plantea aquí una censura al hecho de que las ciudades y los barrios cambien, ni al principio de acuerdo con el cual eran de sus habitantes. Lo que se critica es que las actuaciones respondan al hecho de que a políticos y promotores les parezca inaceptable que, justo en medio de la ciudad, vivan obreros, inquilinos de rentas bajas y otros elementos escasamente decorativos que puedan asustar a los turistas y a los nuevos propietarios, a los que se pretende atraer a toda costa. He ahí un nuevo ingrediente del “modelo Barcelona”: el proceso inexorable de ilegalización de la pobreza.

Pág 61


En una pared de la barriada de Gracia -igualmente condenada a cambiar su paisaje humano- podía leerse a principios de 2007 una pintada que era toda una sentencia: "Si usas gafas de pasta y te dedicas al diseño de interiores, éste es tu barrio; antes era el mío."

Pág 49

viernes, 25 de diciembre de 2009

Duque I

Por su parte, el llamado Centro histórico: la Old-line City, corresponde a una parodia del viejo paradigma del habitar el hombre sobre la tierra; un habitar kitsch, desde luego, y con bien poco mérito, contra el dictum hölderliniano: se trata de una reordenación y rehabilitación del casco antiguo de las ciudades, con decidido desprecio hacia la historia de la ciudad, antes considerada como un organismo viviente, en armónico crecimiento per intussusceptionem, como los Ringe de Colonia o de Viena. Y en fin, la Ciudad-Espectáculo condensa en sí, exasperadamente, el arquetipo de la vida social u de ocio. Tales son los rasgos míticos de Nociudad. Trabajo, privacidad, diversión: las tres formas terrenas, “naturales” por así decir, espiritualizadas –o vampirizadas- ahora por la tecnología de las telecomunicaciones.

Pág 31


Comenzaba la reconquista del llamado “centro histórico”: una amalgama de viejos edificios casi obsoletos, de calles deformadas por pasos elevados o subterráneos para la circulación rápida, de arterias inhabitables (dedicadas al comercio o la banca) flanqueadas por sórdidas callejuelas donde anidaba el terror (para el yuppie posturbanita, todo aquello que se oponga a su expansión y control oscilará entre lo terrorífico y lo repugnante). La palabra mágica, positiva, fue: redevelopment! Como si dijéramos: desarrollo hacia atrás (una novedosa fórmula para el progresismo posterior a Mayo del 68). La palabra negativa, que naturalmente no se decía en la publicidad, fue: desahucio. Y piqueta. Entonces tuvo lugar una operación apenas disimulada de “limpieza étnica” y, en general, de residuos: al lado del vertedero a que se llevaban los escombros surgían nuevas “ciudades” del extrarradio (sin ir más lejos, Rivas Vaciamadrid, cuyo nombre lo dice todo) en las que depositar a los marginados: emigrantes tercermundistas, ancianos jubilados, jóvenes de pocos recursos, etc. La “nueva frontera”, hecha de los detritus del Centro, ahora limpio y vacío.

Pág 48

Félix Duque, La mépolis: Bit City, Old City, Sim City.

Calvino I

LAS CIUDADES SUTILES. 4

La ciudad de Sofronia se compone de dos medias ciudades. En una está la gran montaña rusa de ríspidas gibas, el carrusel con el estrellón de cadenas, la rueda de las jaulas giratorias, el pozo de la muerte con los motociclistas cabeza abajo, la cúpula del circo con el racimo de trapecios colgando en el centro. La otra media ciudad es de piedra y mármol y cemento, con el banco, las fábricas, los palacios, el matadero, la escuela y todo lo demás. Una de las medias ciudades está fija, la otra es provisional y cuando su tiempo de estadía ha terminado, la desclavan, la desmontan y se la llevan para trasplantarla en los terrenos baldíos de otra media ciudad.

Así todos los años llega el día en que los peones desprenden los frontones de mármol, desarman los muros de piedra, los pilones de cemento, desmontan el ministerio, el monumento, los muelles, la refinería de petróleo, el hospital, los cargan en remolques para seguir de plaza en plaza el itinerario de cada año. Ahí se queda la media Sofronia de los tiros al blanco y de los carruseles, con el grito suspendido de la navecilla de la montaña rusa invertida, y comienza a contar cuántos meses, cuántos días tendrá que esperar antes de que vuelva la caravana y la vida entera recomience.

Muxí I

Las áreas globales dentro de la ciudad son huellas sin relación con su entorno. Al constituirse como una pisada que aplasta lo que tiene debajo, marcan y delimitan un área urbana que, como resultado, se segrega. Estos espacios quedan rápidamente obsoletos, ya sea porque su vida útil está marcada por la moda, y como tal es efímera, o porque son modelos que se copian y se implantan sobre diferentes realidades, o porque son operaciones que están marcadas por las leyes de la rentabilidad financiera rápida. No siempre una prótesis es aceptada satisfactoriamente por el cuerpo que la recibe. La persistencia de estas huellas depende de su continua modificación y alimentación artificial, el reencantamiento constante del espacio y de la vida.

Pág 168



El planeamiento urbano propugnado por la ciudad global ha primado sus funciones de control y dominio sobre diferentes sociedades, a las que iguala mediante una serie de necesidades preestablecidas y aplicables en todo el planeta. Uno de los peores síntomas es la privatización y el control del espacio público a partir de la construcción de espacios seudopúblicos, con una falsa diversidad y resguardado del espacio público real, que es donde pueden emerger las diferencias y donde la ciudadanía se expresa. La privatización del espacio público que proponen tanto los barrios cerrados como los centros comerciales “multipropósito” significa el control sobre la vida personal. La expresión de la individualidad y la diferenciación por raza, género, opción sexual, edad o cualquier otra queda coaccionada por el control abusivo y los decálogos de conducta que nos advierten al entrar, y en lugar por visible, acerca del comportamiento adecuado que nos permitirá permanecer allí.

Pág 172

Zaida Muxí, La arquitectura de la ciudad global